2º PUNTO DE NUESTRO MANIFIESTO:
EL CAMINO TIENE UNA META
Sería impensable una peregrinación sin una meta definida. Caminar al azar no es peregrinar, dar vueltas sin rumbo no es peregrinar. Peregrinamos a Santiago para aprender, recordar o reafirmar la meta a la que somos llamados en nuestra vida.
Confesamos… que hemos sido amados infinitamente por Dios que nos llama a la comunión con Él, al Reino de los Cielos, a la Vida Eterna, a la Bienaventuranza... Esta es la meta única de nuestras vidas.
Efectivamente, caminamos hacia Santiago, es decir, peregrinamos. No paseamos sin rumbo, no andamos por andar. Sabemos cómo dar el próximo paso porque una meta orienta nuestro caminar. Nuestro próximo paso está lleno de sentido porque con él avanzamos hacia nuestro destino. Así la peregrinación es una imagen de la vida. Nuestro vivir está lleno de sentido cuando nos ayuda a acercarnos a nuestra Meta.
¡Cuánta gente vive hoy sin sentido! No saben por qué luchar por un improbable amor permanente, por qué trabajar, por qué ponerse en pie cada mañana cuando suena el despertador. Lo que hacen no les satisface, no les llena, les provoca tedio… porque no tiene sentido, porque no han descubierto la meta de la vida y su vivir no es un avanzar hacia ella y un cumplimiento progresivo de lo que viviremos en plenitud cuando la alcancemos.
Victor Frankl decía que el drama de nuestro tiempo es la falta de sentido. Es la mayor pobreza: cuando alguien no sabe para qué vive no tiene esperanza, no tiene motivos para moverse y cae en depresión. Cuando alguien no percibe que en lo que vive está realmente acercándose a su meta, se siente alienado. Puede surgir el intento de evadirse, de no ver el problema, de buscar la diversión superficial como compensación, pero esa diversión no será la que celebra la belleza de la vida sino la que trata de huir de ella, y no llenará el vacío, sino que lo agrandará.
¡Qué suerte tenemos de ser cristianos! Conocemos que la meta existe, que la vida tiene sentido, no es fruto del absurdo ni del azar, sino de un plan de amor. Sabemos que nuestro destino es un abrazo infinito con el que es la fuente de todo bien, el Bien en sí mismo, la Belleza, el Amor. Más todavía, sabemos que Aquel que nos espera ha salido a nuestro encuentro y camina con nosotros. Por eso, nuestro caminar no es un esfuerzo solitario condenado al fracaso ni expuesto a una lotería azarosa, sino un verdadero avanzar hacia la meta en cualquier circunstancia, gozosa o dolorosa, sencilla o dura, y un verdadero anticipo de lo que viviremos en el Cielo. Igual que a la llegada de cada pueblo en el Camino se nos anticipa algo de la alegría de la llegada a Santiago, en cada paso de nuestra vida podemos gustar un sorbo de la alegría infinita que disfrutaremos en el Cielo por toda la eternidad.
Javier Bescós